sábado, 5 de junio de 2010

sin parar.


Un sabio dijo una vez que no hay más ley que la propia ley de crecer, de evolucionar, de cambiar. Deseamos con todas nuestras fuerzas que algún amable señor nos indique el final de ese camino, el camino por el cual dejamos de ser niños para alcanzar todo aquello que soñamos.
Luchamos por ser libres, ansias de volar sin que nadie sea capaz de pararnos.


Nos gustaría dejar atrás aquellos juguetes con los cuales pasamos horas y horas, amigos, queremos una nueva vida en la que la única persona que tenga autoridad y poder de autonomía seamos nosotros.

Mi camino empieza a divisar su final, algo lejos quizás, pero lo bastante cerca como para notar el pálpito de cercanía. Sinceramente queridos señores, no dudaría en perder mi mapa, y nunca jamás encontrar ese camino en el que nos roban la infancia.
Siempre niño.

jueves, 3 de junio de 2010

No volveremos, me solias decir.


Aquel raro día de mayo, aquella extraña noche en la que dejé de ser un niño quizás por la fuerza de las circunstancias o tal vez por el poder de mí ser, el poder de creer, de querer.
Fue como un flash cegador, como si el mundo se fuese en ese preciso instante, como si la humanidad gritase unánime tu nombre, como si de repente, el edificio más estable y seguro del mundo se derrumbase, como si el buque más sólido se hundiese.
Cogiste mi mano para no soltarla, me miraste a los ojos, me dijiste que no nos separaríamos, que siempre estaríamos juntos.
Comprendí la situación, nos disponíamos a realizar ese viaje al que todo el mundo teme, ese viaje sin punto de retorno, ese largo paseo de la inmortalidad.
Solo entonces entendí, que nos condenaron a vagar por una calle sin fin, que nos condenaron a una eternidad de la que nadie nunca nos podrá sacar.