
Aquel raro día de mayo, aquella extraña noche en la que dejé de ser un niño quizás por la fuerza de las circunstancias o tal vez por el poder de mí ser, el poder de creer, de querer.
Fue como un flash cegador, como si el mundo se fuese en ese preciso instante, como si la humanidad gritase unánime tu nombre, como si de repente, el edificio más estable y seguro del mundo se derrumbase, como si el buque más sólido se hundiese.
Cogiste mi mano para no soltarla, me miraste a los ojos, me dijiste que no nos separaríamos, que siempre estaríamos juntos.
Comprendí la situación, nos disponíamos a realizar ese viaje al que todo el mundo teme, ese viaje sin punto de retorno, ese largo paseo de la inmortalidad.
Solo entonces entendí, que nos condenaron a vagar por una calle sin fin, que nos condenaron a una eternidad de la que nadie nunca nos podrá sacar.
Fue como un flash cegador, como si el mundo se fuese en ese preciso instante, como si la humanidad gritase unánime tu nombre, como si de repente, el edificio más estable y seguro del mundo se derrumbase, como si el buque más sólido se hundiese.
Cogiste mi mano para no soltarla, me miraste a los ojos, me dijiste que no nos separaríamos, que siempre estaríamos juntos.
Comprendí la situación, nos disponíamos a realizar ese viaje al que todo el mundo teme, ese viaje sin punto de retorno, ese largo paseo de la inmortalidad.
Solo entonces entendí, que nos condenaron a vagar por una calle sin fin, que nos condenaron a una eternidad de la que nadie nunca nos podrá sacar.

0 comentarios:
Publicar un comentario